8 jul. 2009

Capitulo 1: ¿Quién eres?



A los 14 años conocí a alguien. Le temía, pero a pesar de eso me atrajo.

Al tiempo que empezó el romance aumentó el temor ¿Qué pasa si vuelvo a ser como antes?, No le gustarás, mi niña. Decía una extraña voz dentro de mí. ¿Qué pasa si vuelvo a llenarme de grasa? Te abandonará por alguien más delgada, eso es obvio, deja ya de preguntarte. Yo tengo la solución. No comas, así de simple. Yo tengo la verdad, la única verdad. Todos alrededor tuyo mienten, mienten para hacerte feliz. Pero yo no, yo no mentiré por que soy tu amiga, créeme. Simplemente no comas. Eso me decía siempre, esa era su solución.

Presa del pánico, me dejé influenciar por la voz, vomitaba si la desobedecía, era mi castigo y debía afrontarlo. Algo en mí me hacía introducir mis dedos a mi boca una y otra y otra vez, más adentro hasta lograr purificar mi ser de aquellos alimentos llenos de grasa y altamente calóricos. Sólo así conseguiría tenerlo a mi lado.

Un tiempo después, la voz en mi desapareció. Tal vez porque era feliz, no lo sé. Lo único de lo que estoy segura es que cuando el me dejó, aquella voz renació más potente que nunca atacándome cuando me encontraba en un profundo agujero, llena de inseguridad.

¡Lo ves! Eso es lo que pasa por no hacerme caso, eso es lo que ocurre cuando ingieres. No debes hacerlo, si lo haces me decepcionarás. O acaso… ¿Planeas decepcionarme?

¡No! Nunca… no otra vez, ya aprendí mi lección, por favor, ayúdame. Tú sabes que quiero estar a su lado, y sólo lo conseguiré siendo delgada. Aquello fue lo único que logré responder.

Cuando volvió a mi lado, aquel miedo desaparecía, pero no por completo. Seguía decidida a no comer para no volver a ser ese adefesio andante.

Pero las cosas nunca salen como esperas. Un día, mi cuerpo no soportó los días sin comer, el poco descanso, ya que no podía dormir bien, y no respondió de otra forma más que rindiéndose.

Agotado, mi cuerpo no quiso responder a mis órdenes, la debilidad abundaba en mí. Al momento de caer al suelo me sentí tan fracasada como si yo hubiera sido la responsable de la caída del imperio de Alejandro Magno.

Lo peor de todo no fue el golpe, o lo que sentí. Lo peor de aquel desmayo era que mi secreto ya no era tan seguro, no debía decirlo y no lo hice. Lamentablemente los padres siempre saben mucho y se dan cuenta de lo que nos ocurre, a pesar de no entenderlo. Me castigaron con el peor de los castigos en aquel momento de profunda y al mismo tiempo vacía desesperación. Me obligaron a comer.

No quería. ¡No quiero! ¡Déjenme tranquila! Ya no soy una niña, sé lo que hago. No, no estoy enferma, es sólo que no me sentía bien. No, no estoy embarazada, es el calor el que me sofoca. El estrés de las clases, la falta de sueño. No, no estoy enferma. No, no soy anoréxica.

Día a día debía enfrentarme con mis padres. Todo esto y más fueron muchas de las respuestas que di, nadie debía conocer mi secreto. Todos tenemos derecho a nuestra privacidad, y a pesar de que en ese momento sólo tenía 15 años yo sabía lo que quería, yo quería ser lo que no era. Más delgada.



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